Texto de trabajo: el error como
aprendizaje
Texto Adaptado con fines didácticos
De: Revista Istmo en Línea
Corregir los errores aumenta la capacidad e iniciativa para
observar, indagar y rectificar. Se trata de aprovecharlos para avanzar en la adquisición
de conocimientos.
El error es una constante en todo
proceso de enseñanza-aprendizaje, pero es innegable que la didáctica
tradicional lo consideraba algo punitivo y en esencia no bien visto.
Hoy día prevalece una didáctica
constructivista donde el estudiante ocupa el lugar privilegiado. El error es
ponderado porque se considera que el equivocarse es una oportunidad para el
aprendizaje. Con el error, se dice, el estudiante se da cuenta que ante el
aprendizaje no puede ni debe adquirir actitudes superficiales, y por lo tanto,
ofrece una coyuntura para la autocrítica y para inferir la necesidad de
aprender de los errores y fracasos: cuando un estudiante se equivoca, se le
hace ver su error y se le invita a corregirlo. Es innegable que con ello
aumenta su capacidad de curiosidad e iniciativa para observar, indagar y
rectificar.
Para los otros teóricos, en
particular para los psicólogos cognoscitivitas que consideran a la persona
humana como un gran centro de procesamiento de información, el error es parte
del mismo proceso de auto información. El error es un hecho normal en el
complejo proceso de la resolución de un problema y es, eventualmente, síntoma
de un estado en donde se procesa una conceptualización.
Analizar, corregir y aprender
La retroalimentación es vital en
la medida en que abastece, fortalece a la persona sobre las informaciones
necesarias y sobre la calidad de su respuesta. En esta perspectiva, no es tan
grave que el estudiante cometa errores, a condición de que sea rápidamente retro
informado; al error no debe seguirle un castigo, sino medios para descubrir una
buena respuesta. Las situaciones de enseñanza-aprendizaje han de favorecer a
los estudiantes para percatarse de sus errores, sin miedo, y corregirlos.
A partir de los errores, los
estudiantes y docentes efectúan diagnósticos y pilotean las actividades de
aprendizaje en los diferentes espacios educativos. De ahí la trascendencia de
atender educativamente al error y la necesidad de reconocer que la situación de
enseñanza-aprendizaje es ante todo una situación particular de comunicación,
que articula tres componentes: un «docente» que tiene la intención de enseñar,
unos «estudiantes» que no todo el tiempo desean aprender y un «contenido
educativo» por enseñar. Esta situación es concebida por el docente como un
medio para persuadir sobre el logro de un aprendizaje en el estudiante.
Si admitimos que la educación es
una acción que toma en cuenta la producción de los efectos del aprendizaje, se
podría comparar la situación de enseñanza-aprendizaje como una «situación de
producción». Imaginemos que, en un sistema restringido a la situación de
enseñanza-aprendizaje, el producto a transformar sean los estudiantes. Al
entrar al sistema se transforman porque han aprendido. En el sistema, ellos se
capacitan intelectualmente sobre la base de un material real o simbólico y con
ello adquieren nuevas capacidades o competencias.
El objetivo es que en el sistema
se ponga en marcha la estrategia para que los estudiantes realmente aprendan.
Como sujetos de aprendizaje, analizarán las diferentes situaciones,
confrontarán sus resultados con los de sus compañeros, se darán cuenta del
«error» (con o sin ayuda del docente) y verificarán sus procesos de
aprendizaje. En este momento de verificación, lo vital es el tipo de
inferencias o de razonamiento que haga el estudiante sobre lo adquirido. Por lo
anterior, no pretendemos ofrecer una imagen mecánica ni reduccionista del
aprendizaje en cuanto a un solo proceso de transformación, sino más bien
señalar que el docente y los estudiantes, al estar relacionados implícita y
explícitamente en una situación de proceso de enseñanza-aprendizaje,
constituyen los dos polos de una relación educativa ampliamente dependiente de
factores psicológicos, socio-afectivos, cognitivos e institucionales. No hacemos
sino valorar toda la riqueza de esas interacciones y, sobre todo, las
dificultades individuales que pueden surgir en todo momento, como parte del
proceso de aprendizaje.
Verdad en juego
Consideremos que la educabilidad cognitiva
tiene como objetivo mejorar los modos de razonamiento con la finalidad de
facilitar la transferencia de habilidades cognitivas en situaciones de
enseñanza-aprendizaje.
Por todo lo que está en juego en materia de aprendizaje, a los profesores nos deben interesar los errores de nuestros estudiantes: ellos indican los procesos conceptuales a obtener. Los mismos modelos constructivistas, desarrollados fuertemente en estos últimos años, se han preocupado, contrariamente al pasado, en no dejar de lado el error y en conferirle un papel más positivo.
Por todo lo que está en juego en materia de aprendizaje, a los profesores nos deben interesar los errores de nuestros estudiantes: ellos indican los procesos conceptuales a obtener. Los mismos modelos constructivistas, desarrollados fuertemente en estos últimos años, se han preocupado, contrariamente al pasado, en no dejar de lado el error y en conferirle un papel más positivo.
Debemos reconocerlo como una
figura determinante de todo aprendizaje (Serres, 1991). Aprender es tomar el
riesgo de equivocarse siempre. Existe un «saber del error» como lo afirma
Jean-Pierre Jaffré, porque al error más bien se le orienta y se le guía, por lo
que lo fundamental entre un estudiante novicio y un enseñante experto de su
disciplina, es generar un intercambio de paradigmas. Lo esencial para nuestro
propósito, es que los intercambios de paradigmas nos describen la victoria de
la verdad sobre el error.
Es aquí donde se presenta la
dificultad de los profesores para comprender los errores de sus estudiantes.
Unos y otros no piensan con el mismo cuadro de referencia, no emplean la misma
lógica ni usan los mismos conceptos.
En conclusión, el gran desafío
para la didáctica hoy es el tratamiento metodológico de los errores como
materia prima del aprendizaje y desarrollo didáctico (Cifali, 1994). Se
requiere una postura profesional del docente ante los errores de sus
estudiantes. Es necesario un contrato pedagógico renovado, en que el trabajo de
los errores dé sentido a los aprendizajes. Y en donde, al mostrar la unidad de
los saberes deseables al estudiante, éste convierta al error en parte medular
de su desarrollo personal.
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